Nuestra historia comienza a principios de los años 70, de la mano de un joven de 27 años llamado John Draper.

Por aquel entonces la empresa Quaker Oaks comercializaba (y aún comercializa) en los EEUU unos cereales llamados “Cap’n Crunch”, cuya mascota era un simpático capitán de barco. Como muchas otras marcas, solían incluir en las cajas un regalo promocional para incrementar las ventas. Durante una temporada, dicho regalo fue un curioso silbato azul que hizo las delicias de muchos niños… y no tan niños.

Fue gracias a un amigo ciego como John Draper se enteró de que, taponando con pegamento uno de los agujeros del silbato, éste producía un tono puro con una frecuencia de 2600 Hz, que era casualmente la frecuencia usada en las conexiones telefónicas de larga distancia para indicar que la llamada había terminado. De esta forma, al emitir el tono de 2600 Hz, la compañía telefónica dejaba de tarificar la llamada, aunque la llamada continuaba hasta que una de las partes colgara el auricular.

Una vez emitido el tono de 2600 Hz, uno de los extremos de la línea se desconectaba y el lado conectado entrar en modo de operador, listo para “escuchar” los tonos especiales que determinaban la llamada. Esto, literalmente, abría los circuitos de la compañía a cualquiera que supiera como utilizarlos. El hack era posible debido a la política de recorte de precios de las líneas ATT de larga distancia, en las que la voz y la señal usaban el mismo canal.

Experimentando con el silbato, Draper, al que se le empezaba a conocer ya con el apódo de “Cap’n Crunch”, construyó la famosa “caja azul”, un dispositivo electrónico capaz de reproducir el resto de tonos usados por la compañía telefónica, mediante los cuales el terminal reconocía, por ejemplo, que número se estaba marcando, ya que cada tecla tenía un tono diferente. Todavía hoy en día podéis comprobar esto en vuestra propia casa, en cualquier teléfono de teclas. Pulsadlas y observaréis como cada número del teclado produce un sonido diferente al presionarlo.

De esta forma, gracias a los sonidos reproducidos por la “caja azul” John Draper consiguió uno de los primeros hackeos de la historia: realizar llamadas teléfonicas gratuitas a larga distancia. Primero emitía el tono de 2600 Hz para entrar en modo de operador y, a continuación, emitía los tonos correspondientes a las cifras del número que quería marcar.

El invento dió la vuelta al mundo. Gracias a él, miles de usuarios estuvieron realizando llamadas telefónicas de larga distancia y conectándose gratuitamente a BBS de todo el planeta.

El mismísimo Steve Wozniak, cofundador de Apple junto a Steve Jobs, había conocido a Draper en la Universidad de Berkeley en el invierno de 1971. Draper le explicó los fundamentos de la “caja azul”, gracias a lo cual se sacó unos cuantos dólares en la Universidad construyendo y vendiendo estos aparatos. Este dinero permitió a Woz y Steve financiar el prototipo del primer ordenador Apple: el Apple I.

El propio Draper fue durante un tiempo empleado de Apple, creando un módem para el Apple II, que nunca llegó a comercializarse, entre otras razones porque Draper fue arrestado nuevamente en 1977. En la cárcel, Draper programó EasyWriter, que fue el primer procesador de texto del ordenador Apple II.

Esta serie de acontecimientos me plantea una pregunta, cuando menos, interesante, que muestra como lo que parecen una serie de coincidencias fortuitas influyen decisivamente en el devenir de la historia: ¿Existiría el iMac si a la empresa Quaker Oaks no se le hubiera ocurrido regalar un silbato en sus cereales?

Cuando la compañía telefónica se dió cuenta de esta vulnerabilidad de los teléfonos antiguos, intentó corregirla usando circuitos separados para la voz y las señales, de modo que, aunque se introdujeran los tonos correctos por el auricular; al ir estos por un canal separado no pudieran interferir en el sistema de conexión de llamadas. Posteriormente, la sustitución de la tecnología analógica por la digital eliminó de raíz la posibilidad de interferir en el sistema de conexión. Sin embargo, el famoso silbato de Cap’n Crunch sigue teniendo un gran valor como objeto de coleccionista.

La historia del Cap’n Crunch dió origen, además, al nombre a la revista de hackers más famosa de la historia: “The 2600 Magazine”, que todavía sigue en activo.

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